El pequeño emprendedor

Érase una vez un emprendedor fracasado.
Años atrás, una espléndida idea apareció en la mente del protagonista de esta historia. Era distinta a las demás, creativa, innovadora y, tras larga deliberación, también creyó el pequeño emprendedor que podía llegar a ser rentable. Cogió sus ahorros, su coraje, su valía y su fe y puso todo lo que tenía en manos de la diosa fortuna, a la que ayudó con mucho trabajo y noches de insomnio. Creía de tal forma en su maravillosa idea que era capaz de transmitir a los demás esa confianza que tanto necesitan los inversores. Se le veía tan seguro, tan capaz…
Tras los primeros instantes de euforia al conseguir sacar el proyecto adelante, siguieron momentos de auténtico estrés. El pequeño emprendedor hacía de todo: la contabilidad, el marketing, el trato con el cliente… Pluriempleado a tiempo completo en su propio negocio. Un caos. Su familia, amigos y conocidos dejaron de verle tan a menudo. Fue como si la tierra se lo tragara. No había manera de contactar con él.
Fue una mañana en la que olvidó la cita con un cliente por centrarse en la gestión de las redes sociales cuando por fin se decidió: necesitaba un socio, un empleado, alguien… No podía abarcarlo todo, necesitaba otra persona con la que compartir el trabajo. Aun sabiendo que tendría que asumir un coste que apenas se podía permitir, necesitaba ayuda para mantener el proyecto a flote. Y esa persona llegó.
Tenía dinero y quería invertir. Le gustó la idea y comenzó a trabajar en ella como socio. Las responsabilidades por fin se dividieron, dormir 7 horas comenzó a ser una realidad y la familia de nuestro protagonista comenzó a ver de vez en cuando al pequeño emprendedor.
Pero llegó el día en que el socio de nuestro amigo decidió cambiar un poco el rumbo, transformar en cierta medida la idea inicial de la empresa. El pequeño emprendedor no tuvo más remedio que aceptar el cambio, pues, en caso contrario, el socio cogería su dinero y marcharía a por otro proyecto. Entonces, nuestro pequeño emprendedor comenzó a dejar de tener confianza en la idea, ya no la creía tan rentable y brillante como antes. El cambio que exigía su socio había empeorado el atractivo original del trabajo.
Empezó a no poner tanto empeño en sus cometidos y a tener dudas sobre la viabilidad del negocio. Un día, sintiéndose fracasado, vendió su parte de la empresa (que poco después se vino abajo) y se marchó, muy, muy lejos de allí.
Se topó entonces, en una cena familiar (ahora sí tenía tiempo para esas cosas), con un amigo de su abuelo que contaba ya con más de 8 décadas a sus espaldas. El anciano había montado algunos lustros atrás un exitoso negocio. Nuestro pequeño emprendedor le preguntó: “¿Por qué fracasé?”, a lo que el octogenario contestó “Tú jamás has fracasado. Has ganado en sabiduría y experiencia. 3 de mis proyectos salieron mal antes de llegar a donde estoy. Y de cada uno de ellos aprendí algo que me ayudó en mi proyecto final. Aún eres joven. Solo serás un fracasado si así te sientes.”
Hoy es nuestro pequeño emprendedor el que cuenta con más de 8 décadas a sus espaldas, una empresa de éxito y muchos nietos con los que poder jugar.

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